Leer es un vicio solitario que se puede compartir.

Tengo otros pero suenan menos adecuados.

Recién llegados: de largo recorrido

Fue uno de mis propósitos a principio de año: ampliar horizontes literarios, conocer autores no leídos, retomar géneros abandonados, perder prejuicios y dar oportunidades. Con esta última tanda de adquisiciones he intentado abrir un poco el abanico y salir de las recurrentes letras británicas, salvo en una excepción que creo disculpable. Empezaré con ella:

Las dos señoras Abbott. D.E. Stevenson
Editorial Alba, 2014.

Título original: The Two Mrs. Abbott  (1942)
Traducción: Concha Cardeñoso Saenz de Miera

Este tenía que caer sí o sí. Después de haber pasado tan buenos ratos con las dos entregas anteriores, no iba a dejar pasar el último volumen de la trilogía. Sé que lo voy a disfrutar también.



Seix Barral, 2014

Mi apuesta por la literatura española actual, una deuda que tengo que saldar, la debo a las buenas opiniones encontradas en Entre montones de libros y Carmen y amig@s. Y además son relatos, lo cual puntuó alto para mí a la hora de escoger el libro.



Editorial Alba, 2012

Título original:  Real People (1969)
Traducción: Rosa Álvarez Orgaz

Salto a Estados Unidos, en concreto a una casa que parece una comuna de artistas y escritores. Cuento con una cierta dosis de despelleje e ironía que me haga pasar un buen rato. Lurie es una escritora a la que tenía muchas ganas de leer.


Editorial Alba, 2014

Título original: The Getting of Wisdom (2010)
Traducción: Elena Bernardo Gil


El destino, ahora, es Australia… una Australia colonial con muchas semejanzas a la Inglaterra victoriana, es cierto. Pero esta historia de iniciación de una niña, alabada por H.G. Wells, se me quedó pegado a los dedos y no hubo manera de salir sin ella. 

Pequeños cambios, nuevas perspectivas

A veces necesitamos un cambio. No algo drástico sino algún detalle que, a pesar de su pequeñez, de un nuevo giro a nuestra perspectiva, a ver si de esa manera vemos con más claridad o nos sentimos más cómodos. Redecorar la vida, como dice la publicidad. Pues en esas ando yo. Reorganizándome. Ardua tarea para alguien cuyo desorden mental suele acabar siendo un lastre. Quizá algún día lo consiga. En los últimos meses, he renovado las partes más interesantes del interior del armario (y no me refiero a la estructura, sino al contenido, esa locura confesa que son los complementos), vajilla, lámparas y una balda en el salón. Que recuerde a bote pronto. He movido muebles para dar un aire distinto a las habitaciones (y dar cabida a una estantería más donde colocar los libros que desbordaban las anteriores, también). Me estoy planteando, incluso, tirar un tabique del salón, que ya es mucho más radical pero me dará, si no más amplitud de miras, sí de espacio y luz. Y, además, después de un tiempo pensándolo, he querido hacerle un lavado de cara al blog: quitar algo de bulto por aquí, unos brochazos de pintura por allá, en las próximas semanas abriré alguna puertecita más… Nada serio. Seguirá siendo mi pequeño rincón de letraherida en desahogo, con mis trompicones y baches y mi mejor voluntad, ya que tiempo no puedo dedicarle todos los días. Pero es otra de mis necesidades: contar y compartir. Por eso os he soltado este rollo. Espero que estos pequeños cambios no dejen de hacerlo confortable para quienes me acompañáis. Os aseguro que he tenido mucho cuidado al elegir el color de las cortinas. Voy a ir preparando algo para que os sintáis a gusto. ¿Preferís té o café? ¿O quizá una copa? 



El sabor en pequeños bocados

Soy golosa, lo confieso, aunque también soy muy escogida. Veo un mostrador con todo tipo de repostería (dulce o salada, sin discriminar) y me acerco, fascinada, a examinar con detenimiento toda la exposición. Eso no significa que me guste todo. Me encanta mirar y admirar pero, a la hora de probar, me decanto siempre por cierto tipo de pastelería. Con los libros me ocurre lo mismo. Me vuelvo loca en cuanto entro en una librería; camino entre las estanterías, acaricio los lomos, extraigo uno y otro volumen para hojearlo a placer. Me detengo en todas las secciones. Cuando tengo que decidirme, sin embargo, sé en qué rincones tengo que buscar.

Hace unos años, en Escocia, nos detuvimos en un pueblecito a tomar un tentempié y entramos en un salón de té que me trasladó, al punto, a la atmósfera del St. Mary Mead de la señorita Marple. Pequeño, coqueto, muy kitsch. Entre las mesitas lacadas en blanco y las sillas de respaldo tapizado había dos mesas de mayor tamaño, cubiertas por manteles floreados y, sobre estas, una increíble cantidad de tartas, pasteles y bollos de distintas formas, colores y tamaños. Me quedé sin habla. Después de un exhaustivo repaso a aquella colección de tentaciones, no tardé en dirigirme a los platos que más me interesaban: los pastelitos.

Quien crea que un pastelillo no es más que una porción de una tarta y no tiene entidad propia está muy equivocado. Igual que quienes piensan que un relato es solo una novela en ciernes, una historia reducida en expresión, un mero capítulo que necesita aditamentos para dar forma a la trama. En absoluto.

Cerrado o abierto, micromundo en un instante, el relato tiene su personalidad inherente. Puede contener toda una vida o recoger sólo un retazo, pero respira por sí mismo. Es un bocado pequeño pero exquisito, que despliega su sabor en un solo mordisco, como un relámpago sensorial. Sin necesidad de más aderezos.

No entiendo la tendencia a considerar la narración breve como una forma menor de literatura, como un hermano pequeño de la gran obra al que le queda mucho por crecer, ni que al leer un relato muchos vean el germen de una novela por construir y no valoren su integridad real. Eso confinaría, de inmediato, al estatus de autores menores a escritores que dedicaron su narrativa al relato con exclusividad o, al menos, en su mayor parte. ¿Dónde quedarían Chèjov, Mansfield o Borges, entonces? Me niego a considerarlos autores de segunda y negar su maestría a tenor de un injusto desprecio por un género acogido con renuencia no sólo por los lectores, sino incluso por escritores. A veces los narradores utilizan el relato a modo de ensayo o experimento de camino a la novela y, al perder la perspectiva, se equivocan. Ahí si se encuentran cuentos fallidos, ambiciones destempladas; la proporción entre historia y forma se ha visto desdeñada y se desinfla, como un amor que no se cuida. A la narración hay que mimarla también, siempre, por mínima que sea. Solo así podrá enamorar.

Una tarta puede ser una obra de arte como una novela puede resultar espectacular. Festival de sabores, alarde decorativo, complejidad formal y profundidad sensitiva. Elementos que no dependen del tamaño. Porque los bocaditos, en ocasiones, le ganan la partida a la pieza mayor.



Y vosotros, ¿qué opináis? ¿Qué bocados preferís?


Notas de cata: Choderlos de Laclos, Jane Austen, Herta Müller, Haruki Murakami, Thomas Hardy, E.F. Benson, Terry Pratchett.

La buena racha a la hora de escoger lecturas parece que continúa, sin apenas contratiempos, en parte gracias a varios compromisos adquiridos para lecturas conjuntas y uno de los retos a los que me he apuntado (Escritoras únicas). Un buen febrero lector, en definitiva, del cual os dejo aquí mis notas:


LAS AMISTADES PELIGROSAS. Pierre Choderlos de Laclos

Cruce de cartas y de intrigas, relaciones de poder y el juego de la atracción visto con los ojos de dos de los personajes más maquiavélicos de la literatura. Una agria visión de la alta sociedad y sus costumbres libertinas en una época que desembocó en la Revolución Francesa. Cada carta es un baúl de doble fondo, cada personaje un cartucho de dinamita. A pesar de un final que, desde mi punto de vista, peca de moralista, encandila por su insolencia. Y debo esta relectura al regalo navideño de una compañera de buen gusto y el compromiso de hacer esta visita juntas: ha sido una gozada.


LADY SUSAN. Jane Austen

Apasionada relectora como soy de Austen, se me había escapado esta breve novela primeriza. La ironía propia de esta autora, que con el tiempo se volvería más sutil y trabajada, brilla aquí con un desparpajo que puede sorprender al leerla después de todas sus grandes obras (si no has probado sus textos juveniles o “La abadía de Northanger”). La forma epistolar y el carácter intrigante de su protagonista la relacionan con “Las amistades peligrosas” (coincidencia que simultaneara sus lecturas), aunque sin la carga libertina de esta. El resultado es una obra fresca y ágil que nos enseña la voz más alegre de Jane Austen. Una pequeña delicia para el paladar.

Melancólica lluvia en los canales

Fue una escapada romántica pasada por agua. En mayo, uno se la juega; pero allá fuimos. Y algo de romántico sí tenía la caída de la lluvia en los canales… durante un rato. Aun así, Amsterdam tiene encanto. Y parte de su encanto está en el arte que se respira entre puente y puente, en los rincones más sorprendentes. Visitamos, por ejemplo, la casa-museo de Rembrandt y de allí me traje estos dos puntos de lectura.



Sí, ya, la foto es muy mala… como todas las mías. La fotografía no se cuenta entre mis habilidades, pero supongo que os podéis hacer una idea, ¿verdad? Y estas pinturas llenas de talento me sirven para señalar dos páginas de las memorias de Jean Rhys, “Una sonrisa, por favor”; dos párrafos que me llamaron la atención:

«Antes de que aprendiese a leer, cuando era casi un bebé, imaginaba que Dios, esa cosa o esa persona tan extraña de la que me hablaban, era un libro.»

«De ahí que en cuanto me era posible me perdiese en el inmenso mundo de los libros y procurase borrar el mundo real, que tanto me desconcertaba. Ya entonces tenía la vaga pero profunda sensación de que siempre estaría perdida en el mundo, derrotada. Descubrí, sin embargo, que todos los libros hablaban de lo mismo, solo que de distintas maneras. En los libros era capaz de aceptarlo y de los libros (fatalmente) extraje poco a poco la mayoría de mis ideas y creencias.»

El primero me alcanzó como un fogonazo, me fascinó la imagen sugerida. El segundo… en fin, el segundo me hizo recordar un tiempo en el que me habría identificado casi demasiado con sus palabras.


Y a vosotros, ¿qué os parecen?

Las flores del mal, de Charles Baudelaire

Durante años, odié la poesía. Y no me refiero a la desdeñosa indiferencia con que leía los obligados poemas escolares con el único fin de memorizarlos y recitarlos de viva voz o, más adelante, realizar un comentario de texto que me garantizara la buena nota. No. Se trataba de un odio visceral. De un rechazo violento. Igual que me ocurría con Dostoievski, con Kafka y con el existencialismo en general. Y todo ello se debía a una misma causa: la profesora de literatura que encontré en mi primer curso de bachillerato.
A los catorce años se puede ser muy pasional en los afectos y desafectos y el sentimiento de rebelión está en plena efervescencia. No hay como chocar con una prohibición terminante para desear romperla; por el contrario, la insistencia en encaminarnos por una dirección tiende a empujarnos a correr hacia la opuesta. Esto último fue lo que hice ante las exhortaciones reiteradas por parte de aquella profesora. Aterrada por las complejidades que parecían esconderse en los textos preconizados, me refugié en los héroes clásicos de Homero y Virgilio y la diversidad filosófica de Platón o Nietzsche, que me resultaban mucho más interesantes desde el punto de vista académico (obviamente también leía ficción, muchísima ficción, de hecho). Siempre me han dicho que cabezota es un calificativo que se me queda corto. Si algo me queda claro, de todas formas, es la incapacidad de la profesora de literatura para hacer llegar a los alumnos el entusiasmo necesario para ceder a la seducción de los libros que pretendía mostrar.
Necesité cuatro años para cambiar de opinión, al menos en uno de los aspectos (tengo que confesar que sigo sintiendo renuencia ante la narrativa existencialista). Y me tomó por sorpresa.
¿Dónde? En la Universidad. ¿Cuándo? En el siglo pasado, en la juventud rampante. ¿Cómo? Por la intervención de otra profesora, esta vez de francés. Sí, de francés. Después de casi diez años de amigable relación con el inglés, me vi forzada a romper la monogamia idiomática para enfrentarme a otra lengua con el objetivo (o la pretensión) de ser capaz de leer libros y artículos de referencia en ambas. Aquella profesora, con cierta originalidad didáctica, comenzó a entregarnos textos que nada tenían que ver con las materias a estudiar: poemas. En concreto, poemas de Baudelaire. Y con el primero, sufrí un ataque de amor feroz.
Lo recuerdo como si fuera hoy. “Recuillement”. Recogimiento. Incluso después de las dos décadas y pico transcurridas desde entonces, sigue siendo mi poema favorito, tanto por su decadente belleza como por la huella emocional que todavía siento grabada por debajo de la piel. «Sois sage, ô ma Doleur, et tiens-toi plus tranquille. / Tu reclamais le Soir; il descend; le voici: […]». Entonces, era combustible para el perpetuo incendio que suponía el final de la adolescencia, una adolescencia que tendía a lo sombrío. Lo traduje en medio de una exaltación desgarrada y lo releí una y otra vez. «Sé sabio, oh mi dolor, y mantente más tranquilo. / Reclamabas la noche; ya baja; aquí está.»
Paseos errabundos saboreando la solitud. La identidad construyéndose grano a grano, como una playa recóndita. Solía ir a ver las olas besar la arena mientras leía poemas franceses o intentaba esbozar algún relato melancólico. Bebía las palabras y luego las volvía a verter.
«Il me semble parfois que mon sang coule à flots, / Ainsi qu’une fontaine aux rhythmiques sanglots.»* Arrebatada, sentía que también mi sangre corría a oleadas igual que la fuente de rítmicos sollozos. Y seguía un poco más.
«Nous voulons, tant ce feu nous brûle le cerveau, / Plonger au fond du gouffre, Enfer ou Ciel, qu’importe? / Au fond de l’Inconnu pour trouver du nouveau!»**  Ardía el cerebro y ardía el corazón. ¿Cómo no ansiar sumergirse en el fondo de lo desconocido para encontrar lo nuevo? La vida era un viaje, un viaje incierto, y siempre quería saber qué habría más allá.
Pasé de Baudelaire a Verlaine y de este a Rimbaud; a partir de allí empecé a recorrer el reino de la poesía, pero Baudelaire fue mi primer amor, ese que nunca se olvida. Tras la primera edición que compré de “Las flores del mal”, barata y solo en castellano, el volumen bilingüe de Cátedra se convirtió en uno de mis tesoros, al que no me canso de volver.  
El tiempo pasa y el alma se asienta, pero la pasión permanece. También un ramalazo de oscuridad que la experiencia ha teñido de cinismo. Y la belleza me sigue impresionando, aun la decadente, imperfecta como la vida. Hay que amarla tal cual es.
Notas:
*La Font de Sang

**Le voyage.

Recién llegados: regalos de una caprichosa

Lo reconozco, soy una caprichosa, por lo menos en lo que a los libros se refiere (algunos dirían que también en otras cosas, pero mejor eso lo soslayo). Sólo habían pasado veinte días desde el día de Reyes cuando me lancé sobre la siguiente presa… ¡pero es que era mi cumpleaños! ¿Cómo podía dejarlo pasar sin algún libro? Y, al final, fueron varios los que empezaron a llegar a mis estanterías para reunirse con los que todavía se amontonan allí.


Libros del Asteroide, 2014

Título original: Titmuss Regained  (1991)
Traducción: Magdalena Palmer

“Un paraíso inalcanzable” fue uno de los libros que más me hizo disfrutar el pasado año y, en cuanto supe que se trataba de una trilogía, mi yo lector se agazapó a la expectante hasta el momento en que lo vio aparecer en el mostrador de novedades. Se lanzó cual halcón sobre su presa. Puedo asegurar que casi bailaba de camino al metro y mantuve la sonrisa durante la hora larga que tardé en llegar a mi casa y no creo que tarde en hacerle hueco. Espero disfrutar tanto como con el anterior.

Acantilado, 2013

Título original: The Last September (1929)
Traducción: María Belmonte

Víctima, una vez más, de mi debilidad por la literatura anglosajona, fue leer la sinopsis de esta novela, ambientada en la guerra de la independencia irlandesa, y desear que acabara en mi estantería y pasara por mis manos. Como no acabó junto a mi zapato en la noche de Reyes, apenas pasaron tres semanas para tener la excusa de hacerme finalmente con él.  Fue un regalo muy bien agradecido.

Ático de los Libros, 2013

Título original: A Game of Hide and Seek (1951)
Traducción: Claudia Casanova

Pecadillo fruto del impulso, sabía de su publicación pero lo había dejado pasar, aturdida entre tanta novedad editorial apetecible. Hasta que volví a verlo en la librería, susurrándome que lo llevara conmigo. Después de todo, ya había tenido dos contactos con la autora que me habían dejado buen sabor de boca. Y aquí está también.

Edición de ¡Ábrete Libro!, 2013.


Como dije hace poco en algún blog amigo, hay que atreverse con los escritores noveles de vez en cuando, porque todos los escritores han sido noveles. Quién sabe qué podemos encontrar en sus libros. En este caso, se trata de una recopilación de relatos seleccionados en el concurso convocado por el foro literario ¡Ábrete Libro! en la pasada primavera. Diferentes y para todos los gustos. Para pasar un buen rato. 
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