Leer es un vicio solitario que se puede compartir.

martes, 15 de septiembre de 2015

Vuelta al año en 52 (o más) cuentos: Eudora Welty y Truman Capote.

Jornadas XXXV - XXXVI: Desde una especial perspectiva.

Es preciso mirar desde el lado adecuado para tener las mejores vistas, que no siempre son las más bellas o las más amplias, sino esas que dan a los objetos un sesgo peculiar, quizá incluso defectuoso, que alcanza a resaltar matices que, de otro modo, quedarían desenfocados. Es como ver a través de un cristal roto con sus grietas, sus esquirlas y sus prismas, y esa solidez fragmentada que puedes intentar tocar a través de un agujero, aunque lo más probable es que te cortes al hacerlo. Y es que el romper la distancia necesaria distorsiona la percepción de los objetos.

Hay un ángulo de visión óptimo, si bien no es el mismo para cada ojo y no siempre, no todos, somos capaces de mirar desde allí y captar la sutileza de esos matices, y mucho menos de describirlos o recrearlos. Algunos afortunados (o desdichados) han recibido el don (o la maldición) de saber situarse en el punto exacto para ver la forma tras la forma y reproducirla después. Sienten la luz en la piel, y la recogen, y en cierto modo la reflejan, y la usan para pintar con los dedos del pensamiento sobre un lienzo que rara vez está en blanco, pues casi siempre hay un vago vestigio, la huella de una sombra.

La literatura es una especie de pentimento multitudinario, un lienzo donde todos han ido dando sus pinceladas y, con ellas, han cubierto otras anteriores, o simultáneas, o incluso posteriores porque allí el tiempo discurre de manera desigual, errática. Imágenes superpuestas y múltiples miradas que a veces discurren en paralelo, o confluyen, o se pierden en el vacío. Y hay quienes, con deliberación o no, coincidieron al elegir el ángulo de visión (aunque nunca será el mismo, en realidad, pues dos cuerpos no pueden ocupar un solo espacio).

Miradas coincidentes o muy aproximadas, como las de Eudora Welty y Truman Capote en algunos de sus cuentos: en «Por qué vivo en la Oficina de Correos» y «Mi versión del asunto», por ejemplo.

viernes, 4 de septiembre de 2015

Notas de cata de agosto.

Es una verdad generalmente admitida que, durante las vacaciones estivales, la gente encuentra mayor disposición hacia la lectura y dedica esos maravillosos momentos al sol (o a la sombra, o donde corresponda) a practicarla con un ritmo más vivo del habitual. Pues bien, ese no es mi caso: este mes el tiempo no me ha cundido en absoluto en lo que a lecturas se refiere. Lo he aprovechado en otros sentidos, lo he disfrutado y mucho pero leer, lo que se dice leer, ha sido bien poco. Ese tiempo insobornable por la noche, antes de dormir, y algunos raros momentos de soledad. Y, para colmo, la dificultad añadida (a la que he intentado resistirme larga aunque inútilmente al final) de descubrir que la longitud de mi brazo, si bien es proporcionada a mi estatura, resultaba demasiado corta para conseguir una adecuada perspectiva de las páginas del libro. Confío en que, una vez subsanado este problema (y no, no he acudido al doctor Frankenstein para alargarme el brazo), pueda volver a recrearme en la lectura de una forma cómoda, entre otras cosas.

Dejando a un lado la cuestión cuantitativa, el balance vuelve a ser satisfactorio y eso es lo importante. Para mí la lectura es un paseo reconfortante y, a poder ser, enriquecedor, no un circuito de velocidad.

ENTERRADO EN VIDA. Arnold Bennett.

Tengo que agradecer a Mónica Serendipia el descubrirme este libro que me ha hecho dormir varias noches con la sonrisa puesta. Novela ligera, comedia de enredo, juegos malabares: una historia de equivocaciones que es también una sátira sobre la concepción del arte y del artista, que sobre todo hace reír. No respira gran ambición, pero consigue cuanto pretende: la sonrisa burlona; y lo consigue con creces.

Para maridar con: quienes gustan de la mezcla de las letras con humor.


miércoles, 2 de septiembre de 2015

Vuelta al año en 52 (o más) cuentos: E.T.A. Hoffmann, F.M. Crafword, E.F. Benson.

Jornadas XXXII - XXXIV: Cuando la sangre sabía a miedo.

Cuando un vestido se te pasa de moda pero está aún en tan buen estado que es una pena deshacerte de él, siempre habrá quien te aconseje que lo guardes, porque las modas son recurrentes y en algún momento se volverá a llevar. Puede ser tu madre, una amiga o esa parte de ti que no sabe practicar el arte del desapego material. Por lo general el tiempo les da la razón, aunque suele matizar ese regreso al pasado con detalles que marcan la diferencia entre lo nuevo al estilo antiguo y lo inequívocamente viejo. Ese momento en que, en lugar de un estiloso personaje de película clásica, pareces el fantasma de tu propia abuela.

También en lo literario se dan las modas que van y vienen y, después de un par de vueltas a la manzana de los caprichos del mercado, se hacen unos cortes al bies para reaparecer con una caída de hombros distinta. Temas y géneros que parecieron olvidados en el fondo de los cajones se rescatan, se retocan y se recolocan en el escaparate como si fueran nuevos (aunque a veces la tijera y la aguja se manejen con poca destreza). Y, voilá, aquí está la antigua idea en su envoltorio moderno.

Si hay algo que nunca cierra la puerta al salir es esa variedad de formas que cobra nuestro lado oscuro, ese ancestral sabor a sangre. Hay todo un universo mítico girando a su alrededor y una de las criaturas que de allí emergen para turbarnos es el vampiro. Los vampiros nos acompañan desde tiempos antiguos y, como a nosotros, el paso de los siglos ha ido cambiando sus habilidades, sus costumbres e incluso su naturaleza.     

Los vampiros modernos no sólo toman sino que dan, no sólo seducen sino que ellos mismos se enamoran y, lo que parecía imposible, llegan al extremo de renunciar a su condición para recuperar o adquirir humanidad. Si sus antepasados pudieran levantar la cabeza (la mayoría la perdieron después de ensartarles una estaca y antes de churrascarse en una pira), gritarían de desesperación. Y dirían esas palabras que todos hemos oído a nuestros abuelos: “En nuestros tiempos esto no pasaba. Si se nos hubiera ocurrido portarnos como esos papanatas nos hubieran dado de bofetadas”. Porque en aquella época dorada del vampirismo, cuando la sangre tenía un regusto a simbolismo y pesadilla, una señal indeleble los marcaba: el miedo.

De aquel reinado clásico del vampiro de instintos primordiales surgieron historias cuya intención era hacer temblar al oyente o al lector, historias como las que recoge la magnífica selección que hizo Siruela, hace ya unos años. Algunas tan conocidas como “El vampiro” de Polidori, hija de aquella famosa noche junto al lago Leman, “Berenice” de Poe o “Carmilla” de Le Fanu. Otras en forma de poema, como “La novia de Corinto” de Goethe y “Las metamorfosis del vampiro” de Baudelaire. Y todas ellas tienen en común esa visión sin contaminar del monstruo y de nuestro primigenio temor a lo que hay más allá de la muerte.

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