Leer es un vicio solitario que se puede compartir.

Tengo otros pero suenan menos adecuados.

Melancólica lluvia en los canales

Fue una escapada romántica pasada por agua. En mayo, uno se la juega; pero allá fuimos. Y algo de romántico sí tenía la caída de la lluvia en los canales… durante un rato. Aun así, Amsterdam tiene encanto. Y parte de su encanto está en el arte que se respira entre puente y puente, en los rincones más sorprendentes. Visitamos, por ejemplo, la casa-museo de Rembrandt y de allí me traje estos dos puntos de lectura.



Sí, ya, la foto es muy mala… como todas las mías. La fotografía no se cuenta entre mis habilidades, pero supongo que os podéis hacer una idea, ¿verdad? Y estas pinturas llenas de talento me sirven para señalar dos páginas de las memorias de Jean Rhys, “Una sonrisa, por favor”; dos párrafos que me llamaron la atención:

«Antes de que aprendiese a leer, cuando era casi un bebé, imaginaba que Dios, esa cosa o esa persona tan extraña de la que me hablaban, era un libro.»

«De ahí que en cuanto me era posible me perdiese en el inmenso mundo de los libros y procurase borrar el mundo real, que tanto me desconcertaba. Ya entonces tenía la vaga pero profunda sensación de que siempre estaría perdida en el mundo, derrotada. Descubrí, sin embargo, que todos los libros hablaban de lo mismo, solo que de distintas maneras. En los libros era capaz de aceptarlo y de los libros (fatalmente) extraje poco a poco la mayoría de mis ideas y creencias.»

El primero me alcanzó como un fogonazo, me fascinó la imagen sugerida. El segundo… en fin, el segundo me hizo recordar un tiempo en el que me habría identificado casi demasiado con sus palabras.


Y a vosotros, ¿qué os parecen?

Las flores del mal, de Charles Baudelaire

Durante años, odié la poesía. Y no me refiero a la desdeñosa indiferencia con que leía los obligados poemas escolares con el único fin de memorizarlos y recitarlos de viva voz o, más adelante, realizar un comentario de texto que me garantizara la buena nota. No. Se trataba de un odio visceral. De un rechazo violento. Igual que me ocurría con Dostoievski, con Kafka y con el existencialismo en general. Y todo ello se debía a una misma causa: la profesora de literatura que encontré en mi primer curso de bachillerato.
A los catorce años se puede ser muy pasional en los afectos y desafectos y el sentimiento de rebelión está en plena efervescencia. No hay como chocar con una prohibición terminante para desear romperla; por el contrario, la insistencia en encaminarnos por una dirección tiende a empujarnos a correr hacia la opuesta. Esto último fue lo que hice ante las exhortaciones reiteradas por parte de aquella profesora. Aterrada por las complejidades que parecían esconderse en los textos preconizados, me refugié en los héroes clásicos de Homero y Virgilio y la diversidad filosófica de Platón o Nietzsche, que me resultaban mucho más interesantes desde el punto de vista académico (obviamente también leía ficción, muchísima ficción, de hecho). Siempre me han dicho que cabezota es un calificativo que se me queda corto. Si algo me queda claro, de todas formas, es la incapacidad de la profesora de literatura para hacer llegar a los alumnos el entusiasmo necesario para ceder a la seducción de los libros que pretendía mostrar.
Necesité cuatro años para cambiar de opinión, al menos en uno de los aspectos (tengo que confesar que sigo sintiendo renuencia ante la narrativa existencialista). Y me tomó por sorpresa.
¿Dónde? En la Universidad. ¿Cuándo? En el siglo pasado, en la juventud rampante. ¿Cómo? Por la intervención de otra profesora, esta vez de francés. Sí, de francés. Después de casi diez años de amigable relación con el inglés, me vi forzada a romper la monogamia idiomática para enfrentarme a otra lengua con el objetivo (o la pretensión) de ser capaz de leer libros y artículos de referencia en ambas. Aquella profesora, con cierta originalidad didáctica, comenzó a entregarnos textos que nada tenían que ver con las materias a estudiar: poemas. En concreto, poemas de Baudelaire. Y con el primero, sufrí un ataque de amor feroz.
Lo recuerdo como si fuera hoy. “Recuillement”. Recogimiento. Incluso después de las dos décadas y pico transcurridas desde entonces, sigue siendo mi poema favorito, tanto por su decadente belleza como por la huella emocional que todavía siento grabada por debajo de la piel. «Sois sage, ô ma Doleur, et tiens-toi plus tranquille. / Tu reclamais le Soir; il descend; le voici: […]». Entonces, era combustible para el perpetuo incendio que suponía el final de la adolescencia, una adolescencia que tendía a lo sombrío. Lo traduje en medio de una exaltación desgarrada y lo releí una y otra vez. «Sé sabio, oh mi dolor, y mantente más tranquilo. / Reclamabas la noche; ya baja; aquí está.»
Paseos errabundos saboreando la solitud. La identidad construyéndose grano a grano, como una playa recóndita. Solía ir a ver las olas besar la arena mientras leía poemas franceses o intentaba esbozar algún relato melancólico. Bebía las palabras y luego las volvía a verter.
«Il me semble parfois que mon sang coule à flots, / Ainsi qu’une fontaine aux rhythmiques sanglots.»* Arrebatada, sentía que también mi sangre corría a oleadas igual que la fuente de rítmicos sollozos. Y seguía un poco más.
«Nous voulons, tant ce feu nous brûle le cerveau, / Plonger au fond du gouffre, Enfer ou Ciel, qu’importe? / Au fond de l’Inconnu pour trouver du nouveau!»**  Ardía el cerebro y ardía el corazón. ¿Cómo no ansiar sumergirse en el fondo de lo desconocido para encontrar lo nuevo? La vida era un viaje, un viaje incierto, y siempre quería saber qué habría más allá.
Pasé de Baudelaire a Verlaine y de este a Rimbaud; a partir de allí empecé a recorrer el reino de la poesía, pero Baudelaire fue mi primer amor, ese que nunca se olvida. Tras la primera edición que compré de “Las flores del mal”, barata y solo en castellano, el volumen bilingüe de Cátedra se convirtió en uno de mis tesoros, al que no me canso de volver.  
El tiempo pasa y el alma se asienta, pero la pasión permanece. También un ramalazo de oscuridad que la experiencia ha teñido de cinismo. Y la belleza me sigue impresionando, aun la decadente, imperfecta como la vida. Hay que amarla tal cual es.
Notas:
*La Font de Sang

**Le voyage.

Recién llegados: regalos de una caprichosa

Lo reconozco, soy una caprichosa, por lo menos en lo que a los libros se refiere (algunos dirían que también en otras cosas, pero mejor eso lo soslayo). Sólo habían pasado veinte días desde el día de Reyes cuando me lancé sobre la siguiente presa… ¡pero es que era mi cumpleaños! ¿Cómo podía dejarlo pasar sin algún libro? Y, al final, fueron varios los que empezaron a llegar a mis estanterías para reunirse con los que todavía se amontonan allí.


Libros del Asteroide, 2014

Título original: Titmuss Regained  (1991)
Traducción: Magdalena Palmer

“Un paraíso inalcanzable” fue uno de los libros que más me hizo disfrutar el pasado año y, en cuanto supe que se trataba de una trilogía, mi yo lector se agazapó a la expectante hasta el momento en que lo vio aparecer en el mostrador de novedades. Se lanzó cual halcón sobre su presa. Puedo asegurar que casi bailaba de camino al metro y mantuve la sonrisa durante la hora larga que tardé en llegar a mi casa y no creo que tarde en hacerle hueco. Espero disfrutar tanto como con el anterior.

Acantilado, 2013

Título original: The Last September (1929)
Traducción: María Belmonte

Víctima, una vez más, de mi debilidad por la literatura anglosajona, fue leer la sinopsis de esta novela, ambientada en la guerra de la independencia irlandesa, y desear que acabara en mi estantería y pasara por mis manos. Como no acabó junto a mi zapato en la noche de Reyes, apenas pasaron tres semanas para tener la excusa de hacerme finalmente con él.  Fue un regalo muy bien agradecido.

Ático de los Libros, 2013

Título original: A Game of Hide and Seek (1951)
Traducción: Claudia Casanova

Pecadillo fruto del impulso, sabía de su publicación pero lo había dejado pasar, aturdida entre tanta novedad editorial apetecible. Hasta que volví a verlo en la librería, susurrándome que lo llevara conmigo. Después de todo, ya había tenido dos contactos con la autora que me habían dejado buen sabor de boca. Y aquí está también.

Edición de ¡Ábrete Libro!, 2013.


Como dije hace poco en algún blog amigo, hay que atreverse con los escritores noveles de vez en cuando, porque todos los escritores han sido noveles. Quién sabe qué podemos encontrar en sus libros. En este caso, se trata de una recopilación de relatos seleccionados en el concurso convocado por el foro literario ¡Ábrete Libro! en la pasada primavera. Diferentes y para todos los gustos. Para pasar un buen rato. 

Mujercitas, de Louisa May Alcott

La primera versión que leí de “Mujercitas” fue una adaptación para niños que resumía la edición original en longitud y contenido. Recuerdo haberme sentido bastante molesta cuando me di cuenta de ello y decidí leer otras versiones. No sé cuántas habría en la biblioteca de mi barrio, pero las leí una tras otra y, finalmente, decidí que no había tanta diferencia, aunque cada una abreviaba o elidía las escenas un poco a capricho. El efecto final era más o menos el mismo, pero los pasos hasta llegar a él no tanto.
Así descubrí dos cosas: la sistemática interpretación de los libros que se destinaban a los niños y la importancia de la labor de editores y traductores a la hora de volcar lo escrito en otro idioma al nuestro. No fue la primera vez que me entretuve en comparar ediciones para sorprenderme y, a veces, rezongar.

Fuera como fuera, la lectura me había conquistado. Durante una época, me convertí en lectora reiterada de Louisa May Alcott (sólo años más tarde pude definir mis costumbres lectoras como compulsivas), que compartió el panteón de mis ídolos infantiles con Salgari, Verne y Blyton con la misma desmesura. Adoré a la señora March, deseé darle una patada en la espinilla a Amy, ansié ser como Jo… Creo que la mayoría de las niñas queríamos ser como Jo. Expresar su rebeldía con el mismo desparpajo, vivir ese entusiasmo y, muchas de nosotras, además, escribir.  La imagen de Jo concentrada en su rincón, comiendo una manzana mientras leía o escribía como si el mundo a su alrededor no existiera nos hacía identificarnos con ella. Esa libertad de espíritu era admirable. Por eso odiamos al señor Bhaer cuando la atrajo hacia una vida convencional, alejada de todos esos sueños que nos llenaban la cabeza. Era la Jo ambiciosa y arrojada la que se quedó guardadita en el corazón, una compañera muy íntima durante muchos años.

El año 2004 nos trajo un regalo editorial: la versión completa y sin censurar de “Mujercitas”, tal como la dio por terminada Alcott antes de que sus editores la podaran para convertirla en una historia que se ajustara “al gusto del público femenino de entonces”, según cuenta la traductora Gloria Méndez en el prólogo a esta nueva edición. Confieso que no me hice con ella en el momento; en realidad tardé un poco más, dos o tres años, y adquirí la edición de bolsillo. Tampoco me lancé sobre ella de inmediato sino que esperé, esperé tanto que hasta estas últimas navidades no me puse con ella. Y ahora me alegro de haberlo hecho, de haber recuperado la vida de las hermanas March, sus alegrías y sus tristezas, y haberlo hecho con mayor profundidad que entonces gracias a la integridad del texto y a los años transcurridos, que me han dado una perspectiva más amplia.

No puedo decir que me haya seducido como entonces, porque mentiría. A menudo tenía que contextualizar la lectura en la época en que se escribió, en las circunstancias personales de la autora, para evitar el chirriar del didactismo religioso y moral que recorre las páginas. Sin embargo gana el aliento alegre que lo acompaña, el humorismo de algunas aventuras y la crítica (moderada) social que, de tanto en tanto, se va dejando caer. Y ha vuelto a ser un placer. 

Tras la locura navideña, lecturas para una temporada


Lo veo ahora e intento convencerme de que me parece una exageración… pero no. Ver tantos libros juntos me complace, al menos hasta el momento de intentar encajarlos en las estanterías. No me agobian en absoluto; como mucho, intentar decidir por cuál empezar me provoca una ligera, ligerísima ansiedad, pero sólo porque quiero leerlos todos. Como cuando quiero sacar adelante varias cosas a la vez. Mi desorden mental, mi dispersión cada día más evidente enloquece un poco hasta que dibuja el camino. Igual que enloqueció cuando empecé a enumerar en una lista los libros que quería conseguir y un pequeño error logístico me llevó a encontrarme, la mañana de Reyes, con un libro duplicado. Ya está solucionado. Y al reunir todas las adquisiciones de estas últimas tres semanas para mostrarlas en una entrada, me ha sorprendido ver que son tantas. Unidas a las que todavía tengo pendientes por ahí y a las que también tengo ganas, se diría que tengo lecturas para todo este año sin necesidad de hacerme con más libros. Sé, sin embargo, que no serán los últimos. Es la historia interminable.

He aquí el desmadre:


Reto "Finales Felices"

Mi número favorito es el 3. Quizá por eso he caído en el tercer reto para este año. Otro facilito, porque sólo hay que leer un libro: uno que te deje con la sonrisa, que tenga un final feliz. El reto lo propone Seri, del blog El borde de la realidad. 

Las bases son muy sencillas: proponer un libro con final feliz y, una vez terminada la lista de propuestas, escoger otro de los sugeridos para leer y reseñar en cualquier momento del año.

Mi propuesta va a ser "Picadilly Jim" de P.G. Wodehouse, novela esencialmente humorística para que la sonrisa no dependa únicamente del final. En estos tiempos necesitamos mucho buen humor. No es, quizá, de las mejores del autor, pero yo pasé un rato estupendo leyéndola y deseo lo mismo al futuro lector. 


31 de diciembre de 2014:

El libro elegido como lectura fue "El fantasma de Canterville" de Oscar Wilde, recomendado por María, y que comenté en las notas de cata de octubre.

Notas de cata: Rosa Montero, Charles Dickens, Austin Wright, Jean Rhys, Henry Hitchings, Louisa M. Alcott, Dylan Thomas, Paul Auster, Hélene Hanff, Natalia Sanmartín

Tras una mala temporada en la que mi ritmo de lectura se vio ralentizado, en diciembre he podido recuperar la buena forma lectora y espero poder mantenerla durante el año que comienza. Sólo necesito el alimento adecuado: libros estimulantes, como los de este mes recién terminado. A ver si los Reyes Magos me proveen de unos cuantos.

LA RIDÍCULA IDEA DE NO VOLVER A VERTE. Rosa Montero

Ni ensayo, ni biografía, ni libro de memorias y todo a la vez. La última creación de Rosa Montero me ha tenido tan enganchada me la he devorado en dos suspiros. A través de una remembranza de Marie Curie, a partir de biografías sobre ella y de su propio diario, se recorre la intensa peripecia vital de una gran mujer y, entrelazado con el dolor de la pérdida de su marido, Montero expone su propio dolor, lo exorciza. Se habla también de la condición femenina, del lugar de la mujer, de posibilidades y expectativas; te habla, más bien, porque lo hace de tú a tú. Ha sido como una conversación que me he alegrado de mantener.

LA SEÑORA LIRRIPER. Charles Dickens

Dickens es un clásico navideño, aunque nos temas que trate no sean netamente navideños, y este año inicié con él la temporada. Se trata, en realidad, de una colección de relatos escritos por varios autores para la revista que Dickens publicaba. Vertebrados a lo largo de una trama independiente, se suceden varios cuentos de diferente calado, humorísticos algunos y otros dramáticos y algo oscuros narrados por escritores como Elizabeth Gaskell o Charles Collins (hermano del célebre Wilkie), entre otros. Un entretenimiento para abrir boca.

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