Leer es un vicio solitario que se puede compartir.

jueves, 28 de enero de 2016

Empezar de cero

A veces necesitamos cambiar algo en nuestras vidas, a veces es la vida quien nos obliga a hacerlo. Dejar atrás costumbres y errores para cambiarlos por otras costumbres y también otros errores. O simplemente hacemos recuento de propósitos y objetivos sin cumplir y pretendemos, entonces, reiniciar la partida con nuevas reglas.

Es imposible: el juego no funciona así. No podemos cambiar las reglas de pronto y dar la vuelta al tablero, e ignorar que eso afectará a todo lo ya ocurrido o por ocurrir.

No. Ya no somos una tabula rasa, un papel en blanco que se pueda volver a rellenar. Esta hoja no se rompe sin más.



Todo forma parte de nosotros. Todo lo que hemos dicho y hecho, lo que hemos sentido y pensado, incluso lo que hemos desechado permanece. Los aciertos y los fallos nos han marcado y construido; no se pueden arrancar de raíz. Ni siquiera una repentina amnesia podría anular lo que hemos sido, las huellas que hemos dejado, aunque no logremos recordarlo.

Somos un palimpsesto que se ha cubierto una y otra vez de líneas, puntos y colores. No se pueden borrar completamente. Siempre quedará el rastro de otra silueta ahí debajo.
Empezar de cero.

Volver al inicio.

Borrón y cuenta nueva.

Solo un autoengaño.

Empezamos de uno y medio, de diez, de sesenta y nueve, de ciento volando hacia cualquier lugar. Sin desprendernos de todas las pequeñas partes que nos forman, tan solo de las que nos lastran.

Reanudamos, en el sentido de volver a anudar lo que se ha desatado.

Retomamos, corrigiendo errores.

Reconstruimos. Reparamos. Y, muchas veces, a pesar de todo, recaemos.


Y volvemos a empezar. 

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Imagen: Las ruinas de Eldena, pintura de Casper David Friedrich (1825)

jueves, 21 de enero de 2016

Una mujer fuma

A las siete de la mañana, sentada en la terraza sombría de la cafetería del pasadizo, sola y encerrada en sí misma como una mónada, una mujer fuma.

Aspira el humo del cigarrillo con tal intensidad que parece hincharse con él. Como si necesitara llenarse de algo cálido, por muy evanescente que sea.


Ojos grandes, algo hundidos, y en las marcadas ojeras un rastro de rímel o de khol, que parecen decir a gritos que no ha dormido, que quizá ni siquiera ha pasado por su casa. El desaliño se extiende al desorden del pelo oscuro, recogido en una coleta sin mucho garbo. La cazadora abierta pese al frío matutino. Y esa expresión de que nada le importa, solo el acto de estar fumando, de esa única conciencia momentánea de existir por sí misma. 

jueves, 14 de enero de 2016

El impulso de recomendar

Dar consejos es algo que, como poco, me incomoda, cuando no lo detesto abiertamente, a pesar de las veces en que no me ha quedado otro remedio que tirar de experiencia o perspectiva para orientar a alguien en un determinado momento. Con esta habilidad mía para perderme en mi propia habitación, arrogarme la potestad de discernir lo que es beneficioso o necesario para el prójimo tendría delito. No soy madre, ni profesora, ni psicóloga, ni siquiera soy guardia urbano para poder indicar el camino correcto o la próxima salida (aunque me las apaño muy bien para organizar el caos, quizá algo de guardia urbano sí tengo).

Sí me gustan las recomendaciones, aunque parezca un contrasentido, sobre todo si son de doble dirección. Los sinónimos no son absolutos y entre “recomendar” y “aconsejar” hay matices de diferencia, por mucho que en el diccionario un verbo te lleve a otro. No hay más que deslizarse hacia los sustantivos para ir captando las distinciones. El consejo parece llevar implícita la intención de conducir o, al menos, condicionar. La recomendación no pretende tanto convencer como presentar, eso sí, a través del elogio. Ahí entro yo: lo de elogiar y presentar me pierde.

jueves, 7 de enero de 2016

Notas de cata de diciembre

Estoy saboreando las lecturas con calma. No es tanto cuestión de tiempo disponible como de la forma de encogerlo y estirarlo para ver más allá, o a través, de él. Leo, releo, vuelvo a leer. Me extiendo en un pasaje, regreso a otro, intercalo páginas de otra lectura. Sin remordimiento alguno. Solo me recreo en el intenso placer. En las texturas suaves y en las crujientes, en el relleno dulce o en el punto picante. Me lo guardo un rato en la punta de la lengua, otro largo rato en el fondo del paladar. Esa frase tan críptica y, a la vez, con tanto significado. Ese párrafo oscuro. Esa estructura que te atrapa en su interior. La imagen evocadora de un mito. Incluso una simple, una sola palabra puede captar mi atención y entretenerme.
Así, un mes entero se resume en cuatro libros, una decena de relatos sueltos (comentados en las dos últimas jornadas de mi vuelta al año en cuentos) y algún ensayo o fragmento intercalado. Disfrutando del momento.

CRÓNICAS DE NUEVA YORK. Maeve Brennan.

Me he enamorado. Otra vez. Esta promiscuidad literaria es un tormento que me lleva de arrebato en arrebato. Solo leer la introducción de Isabel Núñez ya prometía, aun sin entrar en sus textos. ¿Que pudo ser la inspiradora del personaje de Holly Golighly? Ooooh… La zambullida en estas crónicas urbanas fue de cabeza y con los ojos muy abiertos, y mereció la pena con creces.
Las cincuenta y seis piezas que recoge el libro son otras tantas columnas que Brennan escribió para el New Yorker, en la sección The Talk of the Town, entre 1953 y 1968 (excepto las nueve últimas, posteriores). Columnas que recrean escenas de la calle con una plasticidad a veces deslumbrante, y es que, sin ser cuentos, se leen como relatos impresionistas de la vida neoyorkina de la época. Esa línea que cruza la sofisticación hacia la extravagancia en un viaje de ida y vuelta, hasta mezclarlas de tal forma que no se pueden distinguir. Aquí un brote de lo sórdido, ahora un destello de luz cálida, más tarde una sonrisa irónica y un toque enternecedor. Un combinado de elegancia y agudeza para tomar en pequeños tragos: qué otra cosa, un “Manhattan”.

Para maridar con: quienes gusten de mirar el mundo con ojos curiosos y saborear lo cotidiano.

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