Leer es un vicio solitario que se puede compartir.

jueves, 31 de diciembre de 2015

Fin de viaje

Llegada a puerto.
Dejando atrás los vientos favorables, la calma chicha y las peores tempestades, una vez completadas las escalas previstas en la hoja de ruta, la travesía llega a su fin. Ha sido un viaje enriquecedor, a través de varios parajes revisitados desde otras perspectivas y de otros aún desconocidos que aguardaban la visita. Un viaje a veces accidentado, aunque la nave logró sortear los obstáculos y seguir adelante, más o menos intacta. Un viaje cansado, también, el de este año lleno de pequeños hitos que, a lo largo del recorrido, se han ido alcanzando con satisfacción. Un viaje intenso, completo, como han de ser los viajes. Llegas a puerto, arrojas el petate y vas a repantigarte en ese viejo banco de madera en la taberna, desgastado y duro pero ya acomodado a ti. Y una vez en tu rincón, comienzas a dar cuenta de tus aventuras, mientras los engranajes al fondo de tu pensamiento ya están maquinando la próxima expedición.
Dice el cuaderno de bitácora que, en las últimas etapas, te adentraste en el territorio del invierno… Eso dice pero, si no fuera porque las coordenadas lo atestiguan, no lo creerías. Esas tierras invernales estaban llenas de apacibles terracitas donde refrescar el gaznate bajo un sol amable. Has paseado por avenidas tranquilas y visto flirtear a las parejas con rubores primaverales (y algunos otoñales), meriendas sobre el césped, bailes en los jardines, alharacas y risas de ánimo festivo… No ha sido el más crudo de los inviernos, no.

martes, 29 de diciembre de 2015

El más personal de los regalos

Cuando somos pequeños y todo cuanto tenemos para adquirir regalos a los seres queridos es la imaginación, preparamos con nuestras propias manitas una extensa serie de objetos más o menos decorativos que llenarán las habitaciones de padres, abuelos y familiares diversos. Desde los socorridos collares de macarrones hasta los espejos pintados que, por supuesto, qué duda cabe, mamá tiene que colgar en su dormitorio porque no hay, ni jamás habrá, otro espejo más bonito en el que mirarse cada mañana. La voluntariedad no tiene límite (aunque deba estirarse con la complicidad de los profesores del colegio). Artísticos ceniceros, llaveros, jarrones, portafotos, imanes de nevera, marcapáginas o pañitos de petit point que dejan a cualquier tapiz medieval a la altura del betún.  

A medida que crecemos, también lo hace nuestro poder adquisitivo, aunque solo sea gracias a pagas y ocasionales donaciones. El dinero que no acaba invertido en nuestros pequeños caprichos (o no tan pequeños en algunos casos, como los libros) se guarda para comprar regalos “de mayores”. Ya empiezan los resabios y las miraditas de desdén hacia la candidez de la primera infancia, y se quiere llegar cuanto antes a ese estado de “ser mayor”, esa meta de la que pensamos que la independencia y libertad son el mayor premio. Seguimos siendo cándidos, obviamente; desde la distancia las proporciones suelen parecer engañosas. Así, viene esa otra amplia gama de objetos comprados que nos granjearán sonrisas agradecidas y fascinadas. Asequibles ceniceros, llaveros, portafotos, imanes de nevera, marcapáginas… o, ya puestos, un libro, que nunca hay suficientes.

jueves, 17 de diciembre de 2015

Vuelta al año en 52 (o más) cuentos: Arna Bontemps, Sherwood Anderson, Thomas Mann, James Joyce, Ivan Bunin, Saul Bellow.

Jornadas XLIII - XLVIII: Un tiempo para la tristeza
Hay un tiempo para cada acción bajo el cielo, se dice en el Eclesiastés; un tiempo para nacer y un tiempo para morir, un tiempo para sembrar y un tiempo para arrancar lo plantado, un tiempo para la guerra y un tiempo para la paz (y, de no ser así, probablemente nos aburriría seguir el curso de una existencia trazada con tiralíneas). También la tristeza tiene su momento, además de un armario lleno de trajes que ponerse cada vez que nos viene a visitar. A veces se viste de un negro tan profundo que se confunde con los ojos abismales de la noche, pero otras deja entreabrirse el abrigo y nos enseña las rodillas, que no son tan huesudas como esperábamos.
La vejez la cubre con un sayo largo, oscuro y denso que pesa como diciembre en los huesos. Así es la tristeza que cargan Jeff y Jennie Patton, la anciana pareja cuya impotencia ante las circunstancias les lleva a vivir “Una tragedia estival”.

domingo, 6 de diciembre de 2015

Notas de cata de noviembre

Noviembre ha sido el mes de las librerías, no solo porque el día 13 se celebrara el Día de las Librerías, sino porque por mis manos han pasado varias historias relacionadas con ellas. Desde los relatos contenidos en la antología “La librería a la vuelta de la esquina”, de la que os hablé al comenzar el mes, hasta las refrescantes confesiones de Petra Hartlieb en “Mi maravillosa librería”, que sirvieron para cerrarlo entre sonrisas (gracias, Rusta, por la recomendación). Entre medias, y dejando a un lado esas lecturas entrecortadas y dispersas que voy tomando y dejando según el humor que tenga, cuatro piezas que, a pesar de lo diferentes, han combinado a la perfección.

UNA CHICA EN INVIERNO. Philip Larkin.


Hay una guerra y, en Londres, nieva. Es el invierno de las esperanzas, frías y agotadas. Quizás un recuerdo veraniego de juventud pueda iluminar el desánimo. De algún modo, en algún momento. Quizás.

Caminar de puntillas, con la suavidad de la nieve que comienza a caer, y sin embargo dejar las marcas de las pisadas en medio del blanco, que en realidad nunca ha sido inmaculado. Una bailarina interpretando su ballet. Delicada, silenciosa, armónica; enérgica, elocuente y calculada. La intensidad estética se basa en la precisión. La matemática de la música en la punta de los dedos y explota la magia. Es arte. Es belleza. Es “Una chica en invierno”.

Para maridar con: quienes deseen paladear buenas historias bien contadas.

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