Leer es un vicio solitario que se puede compartir.

lunes, 30 de junio de 2014

Un junio de muchas letras

Copiosas, realmente. Y es que ha habido de todo, para bien y para mal. Un inicio de mes en el que los prolegómenos del verano hacían de las suyas durante la Feria del Libro de Madrid, abundando en la tradición de los caprichos climatológicos. Me dijeron que llovió pero yo no lo vi: mis dos visitas, como siempre, coincidieron con la calorina. Dos visitas que fueron satisfactorias… pero escasas. Me esposaron las manos a la espalda (figuradamente, más o menos) y salí con el escaso botín de tres libros en total. ¿No os parece una miseria?

A primeros, también, se concedió Premio Príncipe de Asturias de las Letras al irlandés John Banville, autor que estaba en mi estante de “quiero leer” y aproveché para aproximarme a él a través de “El intocable”. Ahora quiero más.

Relevante fue también la ocupación del vacante sillón B en la Real Academia Española por parte de la catedrática Aurora Egido, novena mujer en ser elegida académica. Un logro que ha quedado algo velado por la muerte, la pasada semana, de la escritora y también académica Ana María Matute. Una muerte dolorosa para las letras españolas. Una madre literaria a la que agradeceré siempre dos cosas: atarme (más) a la pasión por los libros y reconciliarme con mi nombre. Siempre la quise por ello y siempre la querré.

Y me hubiera gustado asistir a la Feria del Libro Independiente de Santander, que se celebró la semana pasada, pero no pudo ser. Una lástima.

Entre tanto, los libros siguieron cayendo de forma por completo accidental (no sabéis la propensión a los accidentes que tengo) en mi bolso. Y al terminar el mes me pareció que andaba ligeramente escorada de un lado (del contrario a la lesión, lo juro, doctora) y empecé a sacar todo ese bulto. Este es el resultado:



miércoles, 18 de junio de 2014

Marcas, VIII: La juguetería mágica.

Un inicio fulgurante: «El verano que cumplió quince años, Melanie descubrió que estaba hecha de carne y sangre. Oh, mi América, mi tierra recién descubierta. Se embarcó en un viaje embelesado, exploró todo su ser […]»

Con esas primeras frases, Angela Carter me enamoró. Me dio esa experiencia extática que deja su señal y no puedes evitar, después, comparar las demás con ella. Por eso me ha costado enfrentarme a otros libros de la autora, por el temor a no sentir la misma fascinación. He tenido que asumir el valor de lo único: resignarme a saber que, aunque ese momento no se volverá a repetir, habrá otros con su propio encanto.

Cuento gótico en una envoltura expresionista, se vale de recursos tradicionales y lugares comunes filtrados por una visión onírica de lo sórdido. Historia de iniciación que se arrastra con un ritmo moroso pero inexorable por los recovecos de la pérdida de la inocencia, con una prosa sugerente que oscurece las esquinas de la realidad en una nebulosa de incertidumbre. Se ondula, susurra, avanza con languidez sinuosa hacia la catarsis de la verdad más íntima. En el camino, se viste de imágenes que brillan hacia dentro, como estrellas implosionando.

«Desnuda de una manera nueva y definitiva, como si se hubiese despojado también de la piel y no llevara nada fuera de la desnudez esencial del esqueleto. La carne de sus dedos casi la sorprendía; hasta podría haberse quitado las manos como guantes, quedándose sólo con los huesos.»

Me gustan las historias de iniciación, relatos de aprendizaje, bildungsroman o coming-of-age novels, me da igual como las llamen. Seguir el sendero más allá del oscuro bosque de la confusión juvenil hacia una madurez muchas veces maltrecha, porque ese recorrido no siempre es fácil. Y menos aún cuando se atraviesa la maraña del descubrimiento de la sexualidad, de la sensualidad, del deseo más intangible.

Está en la naturaleza humana desear el amor: amar y ser amado; pero saber hacerlo también forma parte del aprendizaje. Identificar el sentimiento, separar el acto, comprender las consecuencias, adaptarse a la situación. Es una estructura intrincada y delicada que se nos puede escurrir entre los dedos, que se puede confundir con otro impulso o, simplemente, con un sueño. La ingenua ansiedad de la protagonista conmueve pero también irrita, quizá porque hurga en un error que no nos es desconocido. Esos deseos vagamente imprecisos que asustan cuando cobran forma sólida a nuestro lado.

«Todo se oscureció entre los pliegues del abrazo. Melanie estaba muy asustada y a punto de llorar.»

Es esa mezcla de sueños y deseos, de crecimiento y miedo la que me encadenó a este libro para siempre. Un atisbo de magia que no es magia, la fantasía que desde dentro de nuestros pensamientos intenta dar forma al mundo de ahí fuera, un mundo que se rebela contra el intento de amoldarlo a nosotros. La realidad de manos frías. El caparazón a romper para poder encontrar nuestro propio cuerpo. Y ese toque de sombría perversión.

Un vestido de novia roto, una juguetería desconcertante, un teatro de marionetas en tamaño natural, la seducción de un cisne, un jardín decadente… Símbolos que cobran vida. Cada elemento encajado con la precisión de una maquinaria de relojería y a la vez evocador y evanescente. Todo es teatro. Y cuando el telón cae, la vida sigue. Arrolladora. 


* Mi edición de “La juguetería mágica” es la que aparece arriba:

Editorial Minotauro, octubre de 1996 (1ª edición) 
Título original: “The Magic Toyshop” (©Angela Carter, 1967)
Traducción de Carlos Peralta

Esta es la portada de una de las ediciones inglesas, que me encanta: 


lunes, 16 de junio de 2014

Gandalf con olor a coco

Sí, suena extraño, pero es que en mi casa Gandalf huele a coco. Hoy es un coco un poco descafeinado porque el paso de los (muchos) años lo ha ido matizando, pero hubo un día en que era una fragancia intensa, a medias dulce y picante, y siempre me ha parecido que le iba mucho al carácter del mago gris-y-blanco. En realidad es toda la Compañía de los Nueve la olorosa, la odisea al completo, y tiene una explicación. Sí, claro, y parafraseando al genial Pepe Isbert, esa explicación os la voy a dar:

Tengo dos ediciones de “El Señor de los Anillos”: la primera es un volumen muy compacto, con papel extrafino, del Círculo de Lectores; la segunda, esa maravilla de Minotauro con ilustraciones de Alan Lee que precisa de un atril para disfrutarla a gusto. 



Esta última es la más reciente y se mantiene impoluta, tal es el cuidado reverencial con que la he tratado desde el principio. La más antigua… en fin, esa es la que no cuidé lo suficiente porque —aquí va un consejo importante— no se debe, repito, no se debe guardar en la misma maleta un libro (y menos si es uno de tus tesoros) y una botella de licor de coco. Nunca. Jamás caigáis en esta tentación. Y no es sólo porque podáis perder la ocasión de compartir ese licor de coco en alguna celebración con amigos, no. Es porque un libro que se impregna de tres cuartos de litro de esencia de coco destilada en alcohol se quedará marcado para siempre.

Ya podéis apresuraros a enjugarlo con una toalla de rizo espeso, hacer unas pasadas con el mejor secador de tu madre, ponerlo a secar junto a un radiador o rezarle a todos los dioses del universo que guardará esa huella perfumada durante un tiempo tan largo como la vida de un elfo. El papel se secará, las hojas perderán su soñadora ondulación y el color desvaído de su perfil podrás achacárselo al transcurso de los años. Eso sí, cuando pases las páginas notarás como desprenden ese aroma que evoca tu juventud alocada e imprudente, aquella época de descubrimientos y sueños rozados con las puntas de los dedos. Quizá sea por eso que lo vuelvo a abrir, a veces, con el deseo de recuperar aquellas sensaciones. Y creo que aún lo huelo, aún lo siento, que aún soy capaz de crear de nuevo.




* Esta anécdota está dedicada a Meg CazaestrellasMientrasLeo y Mónica-Serendipia por la conversación de este mediodía, que me ha hecho recordar aquel momento. 
** Sí, es correcto: el año que aparece en el libro es el 85. Adolescencia galopante. En fin...  

martes, 10 de junio de 2014

Abriendo brecha


Una entrada rápida para solventar un par de deudas pendientes que tengo por ahí perdidas y no quiero olvidar.

Varias de esas deudas son con autores noveles e independientes que, en los últimos tiempos, me han escrito enviándome la reseña o el enlace de sus novelas. No sé si (o cuándo) las leeré, porque no son el tipo de historia que más me atrae, pero os los presentaré por si pudieran resultar de vuestro interés.

El primero fue Luis Castillo, que me presentó su novela “La comisión Alba”, una historia de intriga y ciencia cuyo prólogo comienza así:

«TechnoLife, la empresa creada por Ángel Alba en Madrid hacía diez años, se había convertido en uno de los líderes mundiales de las nuevas tecnologías. Su secreto: ponerlas al servicio de las personas mayores con el objetivo de que las incorporasen en su vida cotidiana para mejorar todo lo posible su bienestar y calidad de vida. Su método: involucrar a los jóvenes en un proyecto intergeneracional con el objetivo declarado de que fueran los protagonistas en conseguir que los mayores adoptasen las nuevas tecnologías.»

Podéis leer más en su web http://luiscastillospain.wordpress.com/ y descargar la novela aquí.

lunes, 2 de junio de 2014

Notas de cata de mayo 2014

Ha habido un lapso, sí, un espacio de silencio y vacíos inexplicados. Esta primavera está siendo poco amable. Tras la búsqueda de cambio, de renovación, me di de bruces con un despliegue de desorden. No siempre la cabeza está en su sitio. Pero la he cogido por las orejas, como he podido, y aquí la tengo, intentando mantener el equilibrio. Mientras tanto, los libros han seguido pasando sin pausa por mis manos, botes salvavidas que nunca naufragan. Y aquí están mis impresiones.

EL CORAZÓN ES UN CAZADOR SOLITARIO. Carson McCullers.

Construida alrededor de pequeñas vidas cotidianas que patalean en medio de su vulgaridad, la historia conmueve a base de golpes menudos pero contundentes. Llana en apariencia pero con profundidades que duelen al alcanzarlas, como duele la realidad de la vida cuando no podemos hacer nada contra ella, nada que no sea soñar desesperadamente, aun sabiendo que son sueños sin esperanza. Personajes alienados aunque no tan diferentes que no reconozcamos sus debilidades, recogidos en pompas de jabón en tensión, a punto de estallar. Tempo lento, cayendo por la boca estrecha del embudo de los deseos que no llegan. Un bocado amargo, de los que persisten en el fondo del paladar, con un toque de limón y otro de pimienta. Y no te arrepientes.

* Carson McCullers está incluida en el Reto Escritoras Únicas, a propuesta de Meg de Cazando Estrellas. Compulsiva como soy, es mi tercera lectura de la autora. Será cuestión de probar otra diferente, digo yo…

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