Leer es un vicio solitario que se puede compartir.

lunes, 30 de junio de 2014

Un junio de muchas letras

Copiosas, realmente. Y es que ha habido de todo, para bien y para mal. Un inicio de mes en el que los prolegómenos del verano hacían de las suyas durante la Feria del Libro de Madrid, abundando en la tradición de los caprichos climatológicos. Me dijeron que llovió pero yo no lo vi: mis dos visitas, como siempre, coincidieron con la calorina. Dos visitas que fueron satisfactorias… pero escasas. Me esposaron las manos a la espalda (figuradamente, más o menos) y salí con el escaso botín de tres libros en total. ¿No os parece una miseria?

A primeros, también, se concedió Premio Príncipe de Asturias de las Letras al irlandés John Banville, autor que estaba en mi estante de “quiero leer” y aproveché para aproximarme a él a través de “El intocable”. Ahora quiero más.

Relevante fue también la ocupación del vacante sillón B en la Real Academia Española por parte de la catedrática Aurora Egido, novena mujer en ser elegida académica. Un logro que ha quedado algo velado por la muerte, la pasada semana, de la escritora y también académica Ana María Matute. Una muerte dolorosa para las letras españolas. Una madre literaria a la que agradeceré siempre dos cosas: atarme (más) a la pasión por los libros y reconciliarme con mi nombre. Siempre la quise por ello y siempre la querré.

Y me hubiera gustado asistir a la Feria del Libro Independiente de Santander, que se celebró la semana pasada, pero no pudo ser. Una lástima.

Entre tanto, los libros siguieron cayendo de forma por completo accidental (no sabéis la propensión a los accidentes que tengo) en mi bolso. Y al terminar el mes me pareció que andaba ligeramente escorada de un lado (del contrario a la lesión, lo juro, doctora) y empecé a sacar todo ese bulto. Este es el resultado:



viernes, 27 de junio de 2014

Matones de colegio a los cuarenta años

Y digo cuarenta como podría decir treinta o cincuenta. Me refiero a esos tipos adultos a los cuales, en razón de su edad, se les supone cierto grado de madurez e inteligencia pero, a la postre, demuestran muy poca. A esos que van por el mundo con aires de perdonavidas, alardeando de su posición materialmente superior aunque demuestran una inferioridad moral  que les valdría un premio al más mezquino del año. Esos bárbaros con traje de chaqueta que confunden el respeto con el miedo a la hora de intentar imponerse. Esos mentecatos incapaces de reconocer sus carencias aunque metan el pie en ellas. Esos indeseables cuyos argumentos se reducen a la coacción y la fuerza bruta.

Tal vez aprendieron esas sucias estrategias en su infancia, educados en una ética egocéntrica dirigida al éxito a cualquier precio. Me atrevo a pensar, sin embargo, que muchos de ellos fueron niños que sufrieron a sus propios matones de colegio. Niños débiles, no tanto en lo físico como en lo emocional, que adoptaron al crecer el rol de quienes los sometieron y ahora buscan su satisfacción en poner a los demás bajo su zapato.

No sé si debería sentir lástima por ellos, pero lo cierto es que no siento ninguna. Bastante esfuerzo supone sufrirlos. Quizá la edad me ha vuelto intolerante pero cada vez me cuesta más verles la sonrisa hipócrita, escuchar su tono petulante y, sobre todo, aguantar el tipo. A veces tengo problemas con las bridas del autocontrol y, de morderme la lengua, puedo hacerme sangrar. Lo peor es la cara, que tiende a independizarse de cualquier pensamiento moderado que consiga adueñarse de mi mente. Por muy asumida que tenga la presencia de semejantes personajes, a veces los ojos me traicionan.


Por desgracia, ahí están, formando parte del paisaje cotidiano a nuestro pesar. Es como vivir al lado de un estercolero. Al fin y al cabo, son poco más que basura. 


miércoles, 18 de junio de 2014

Marcas, VIII: La juguetería mágica.

Un inicio fulgurante: «El verano que cumplió quince años, Melanie descubrió que estaba hecha de carne y sangre. Oh, mi América, mi tierra recién descubierta. Se embarcó en un viaje embelesado, exploró todo su ser […]»

Con esas primeras frases, Angela Carter me enamoró. Me dio esa experiencia extática que deja su señal y no puedes evitar, después, comparar las demás con ella. Por eso me ha costado enfrentarme a otros libros de la autora, por el temor a no sentir la misma fascinación. He tenido que asumir el valor de lo único: resignarme a saber que, aunque ese momento no se volverá a repetir, habrá otros con su propio encanto.

Cuento gótico en una envoltura expresionista, se vale de recursos tradicionales y lugares comunes filtrados por una visión onírica de lo sórdido. Historia de iniciación que se arrastra con un ritmo moroso pero inexorable por los recovecos de la pérdida de la inocencia, con una prosa sugerente que oscurece las esquinas de la realidad en una nebulosa de incertidumbre. Se ondula, susurra, avanza con languidez sinuosa hacia la catarsis de la verdad más íntima. En el camino, se viste de imágenes que brillan hacia dentro, como estrellas implosionando.

«Desnuda de una manera nueva y definitiva, como si se hubiese despojado también de la piel y no llevara nada fuera de la desnudez esencial del esqueleto. La carne de sus dedos casi la sorprendía; hasta podría haberse quitado las manos como guantes, quedándose sólo con los huesos.»

Me gustan las historias de iniciación, relatos de aprendizaje, bildungsroman o coming-of-age novels, me da igual como las llamen. Seguir el sendero más allá del oscuro bosque de la confusión juvenil hacia una madurez muchas veces maltrecha, porque ese recorrido no siempre es fácil. Y menos aún cuando se atraviesa la maraña del descubrimiento de la sexualidad, de la sensualidad, del deseo más intangible.

Está en la naturaleza humana desear el amor: amar y ser amado; pero saber hacerlo también forma parte del aprendizaje. Identificar el sentimiento, separar el acto, comprender las consecuencias, adaptarse a la situación. Es una estructura intrincada y delicada que se nos puede escurrir entre los dedos, que se puede confundir con otro impulso o, simplemente, con un sueño. La ingenua ansiedad de la protagonista conmueve pero también irrita, quizá porque hurga en un error que no nos es desconocido. Esos deseos vagamente imprecisos que asustan cuando cobran forma sólida a nuestro lado.

«Todo se oscureció entre los pliegues del abrazo. Melanie estaba muy asustada y a punto de llorar.»

Es esa mezcla de sueños y deseos, de crecimiento y miedo la que me encadenó a este libro para siempre. Un atisbo de magia que no es magia, la fantasía que desde dentro de nuestros pensamientos intenta dar forma al mundo de ahí fuera, un mundo que se rebela contra el intento de amoldarlo a nosotros. La realidad de manos frías. El caparazón a romper para poder encontrar nuestro propio cuerpo. Y ese toque de sombría perversión.

Un vestido de novia roto, una juguetería desconcertante, un teatro de marionetas en tamaño natural, la seducción de un cisne, un jardín decadente… Símbolos que cobran vida. Cada elemento encajado con la precisión de una maquinaria de relojería y a la vez evocador y evanescente. Todo es teatro. Y cuando el telón cae, la vida sigue. Arrolladora. 


* Mi edición de “La juguetería mágica” es la que aparece arriba:

Editorial Minotauro, octubre de 1996 (1ª edición) 
Título original: “The Magic Toyshop” (©Angela Carter, 1967)
Traducción de Carlos Peralta

Esta es la portada de una de las ediciones inglesas, que me encanta: 


lunes, 16 de junio de 2014

Los hijos de la inmigración: entre la integración y la crisis de identidad.

Este artículo se publicó en la revista Ábrete Libro el pasado mes de abril, 
dentro del número de primavera dedicado a la inmigración. 





Una de las razones que hicieron grande al Imperio Romano fue su capacidad para asimilar el sustrato cultural de los lugares por los que se expandía y hacerlo suyo. Aquí hay una creencia en un dios: la adoptamos. Ahí una costumbre ancestral: la absorbemos. Y crecemos. Anclarse en una roca no te deja moverte en ninguna dirección. Y si te mueves, te adaptas; hay que hacerlo para sobrevivir. Adaptarse no es perder raíces, ni olvidar el pasado, ni desprenderse de la esencia. Es vestir con nuevos ropajes el propio cuerpo, más flexible tras haberse acomodado al medio pero con el mismo corazón por dentro. Hace unos años, en un programa de televisión, realizaban una encuesta a extranjeros que residían en España y un joven chino, hijo de inmigrantes, se definió como “generación plátano: amarillo por fuera, blanco por dentro”. El comentario me resultó tan simpático como sugerente por su dualidad y reflejaba muy bien ese estar a caballo entre la cultura madre y la que te aloja, la memoria y la realidad.

Aunque sea necesaria, la adaptación no tiene por qué ser fácil y muchas veces no lo es, especialmente cuando la llegada a esa nueva vida tiene algo de forzada o porque se sabe temporal. ¿Para qué cambiar los hábitos si no es más que un hito pasajero, si volveremos a casa y a nuestras costumbres de siempre? Ese es uno de los problemas que se afronta en la inmigración. ¿Hasta qué punto se integran los inmigrantes en la sociedad que los acoge? En diferentes grados y según las circunstancias, supongo. Cabezotas aferrados a convicciones de plomo los hay en todas partes. ¿Y sus hijos? ¿Esa segunda generación que se ha criado en las enseñanzas de una tradición foránea mientras vive y convive con una sociedad de diferente pensamiento que, en muchas ocasiones, les resulta más libre y atractiva? Quizá ese caballo de la cultura los arrastre en dos direcciones incluso de forma dolorosa.

En otoño del año 2005, los suburbios de París se vieron envueltos en sucesivos disturbios protagonizados por los inmigrantes africanos (musulmanes norteafricanos en su mayor parte) que habitaban las barriadas. Originados por la muerte de dos adolescentes a quienes perseguía la policía y azuzados por las diferencias étnicas y religiosas (que alimentó el entonces Ministro del Interior Sarkozy, al calificar de “escoria” a los primeros manifestantes), los incidentes se extendieron a otras poblaciones francesas. La tensión palpitante entre las culturas de la inmigración y los problemas sociales que padecían eclosionaron con violencia.


Justo un año antes, en octubre del 2004, se había publicado una novela, que sorprendió en el panorama literario francés, firmada por una todavía adolescente escritora de origen argelino: “Mañana será otro día”. Faiza Guenè tenía entonces dieciocho años y narraba en primera persona, con la voz de una chica de quince años hija de inmigrantes marroquíes, una voz que no ahorraba en rudeza y acidez, la difícil vida en los suburbios parisinos. Los mismos que no tardarían en arder, figurada y literalmente, con la desesperación propia de quienes sienten que no tienen mucho que perder.

La novela de Guenè no es estilísticamente rompedora, no te deja sin aliento ni te hace exclamar: «¡Es impresionante!». Sin embargo, pone el dedo en la dolorosa llaga de un segmento social creciente a través de la visión cínica de su protagonista. Con un lenguaje directo propio de la juventud, se recubre de un caparazón de fingido desapego intentando poner distancia entre ella y la realidad del suburbio Du Paradis (irónico nombre para un barrio marginal, casi un gueto, de inmigrantes magrebíes) donde vive. Pobreza, fracaso y delincuencia; pero también amistad, sueños y posibilidades. Todo pasa por el tamiz del humor feroz de Doria. 

«Me he fijado en que siempre nos consolamos mirando a los que están peor que nosotros. Pues bien, yo esa noche me quedé más tranquila pensando en el pobre Nabil.» 

Aunque hay momentos en los que la sordidez duele. Si la adolescencia es una crisis de identidad por sí misma, se multiplica con la sensación de un alma híbrida. 

«El futuro nos preocupa, pero no debería, ya que quizá ni siquiera tengamos futuro. […] A veces pienso en la muerte. Incluso he llegado a soñar con ella.» 

Pero Doria no es victimista, no se muestra frágil sino furiosa ante un destino que se prevé estéril. Ella quiere luchar, mejorar, participar; sueña con una vaga idea de libertad. 

«Yo creo que tal vez sea ese el motivo por el que los suburbios están dejados de la mano de Dios, porque aquí hay poca gente que vote. Y si no votamos, no somos de ninguna utilidad pública. Yo, cuando cumpla los dieciocho, pienso ir a votar. Aquí nunca tenemos ni voz ni voto, así que cuando nos los ceden, hay que aprovechar.»

Aprovechar las oportunidades, tan escasas cuando las metas son pequeñas. Volver al Magreb y a las antiguas tradiciones de matrimonios concertados y vidas sumisas. Avanzar hacia un futuro atado a la precariedad y a los deseos muchas veces insatisfechos. Libertad con límites impuestos. Como lo es siempre, en la práctica.

Sin ser una novela deslumbrante, resulta lúcida e, incluso, hasta cierto punto premonitoria: 

«Yo encabezaré la rebelión del suburbio Du Paradis. Los titulares de los periódicos rezarán: “Doria incendia el arrabal”; o incluso: “La Pasionaria de la periferia hace saltar el polvorín.” Pero la mía no será una rebelión violenta, como la de la película El odio, que no acaba demasiado bien que digamos. Será una rebelión inteligente, sin violencia, en la que nos alzaremos para que se nos reconozca a todos. En la vida no sólo están el rap y el fútbol. Al igual que Rimbaud, llevaremos dentro “el grito de los Infames, el clamor de los Malditos”».

En esto último falló: la rebelión no fue pacífica. Pocas veces lo son. Y todavía esperamos el momento en que, de verdad, se nos reconozca a todos tal como somos, con nuestras diferencias pero sin distinciones.  


Ficha del libro:

"Mañana será otro día". Faiza Guène.

Título original: "Kiffe kiffe demain" (2004)
Traducción: Jordi Martín Lloret

Editorial Salamandra.
1ª edición, mayo 2006. 

Gandalf con olor a coco

Sí, suena extraño, pero es que en mi casa Gandalf huele a coco. Hoy es un coco un poco descafeinado porque el paso de los (muchos) años lo ha ido matizando, pero hubo un día en que era una fragancia intensa, a medias dulce y picante, y siempre me ha parecido que le iba mucho al carácter del mago gris-y-blanco. En realidad es toda la Compañía de los Nueve la olorosa, la odisea al completo, y tiene una explicación. Sí, claro, y parafraseando al genial Pepe Isbert, esa explicación os la voy a dar:

Tengo dos ediciones de “El Señor de los Anillos”: la primera es un volumen muy compacto, con papel extrafino, del Círculo de Lectores; la segunda, esa maravilla de Minotauro con ilustraciones de Alan Lee que precisa de un atril para disfrutarla a gusto. 



Esta última es la más reciente y se mantiene impoluta, tal es el cuidado reverencial con que la he tratado desde el principio. La más antigua… en fin, esa es la que no cuidé lo suficiente porque —aquí va un consejo importante— no se debe, repito, no se debe guardar en la misma maleta un libro (y menos si es uno de tus tesoros) y una botella de licor de coco. Nunca. Jamás caigáis en esta tentación. Y no es sólo porque podáis perder la ocasión de compartir ese licor de coco en alguna celebración con amigos, no. Es porque un libro que se impregna de tres cuartos de litro de esencia de coco destilada en alcohol se quedará marcado para siempre.

Ya podéis apresuraros a enjugarlo con una toalla de rizo espeso, hacer unas pasadas con el mejor secador de tu madre, ponerlo a secar junto a un radiador o rezarle a todos los dioses del universo que guardará esa huella perfumada durante un tiempo tan largo como la vida de un elfo. El papel se secará, las hojas perderán su soñadora ondulación y el color desvaído de su perfil podrás achacárselo al transcurso de los años. Eso sí, cuando pases las páginas notarás como desprenden ese aroma que evoca tu juventud alocada e imprudente, aquella época de descubrimientos y sueños rozados con las puntas de los dedos. Quizá sea por eso que lo vuelvo a abrir, a veces, con el deseo de recuperar aquellas sensaciones. Y creo que aún lo huelo, aún lo siento, que aún soy capaz de crear de nuevo.




* Esta anécdota está dedicada a Meg CazaestrellasMientrasLeo y Mónica-Serendipia por la conversación de este mediodía, que me ha hecho recordar aquel momento. 
** Sí, es correcto: el año que aparece en el libro es el 85. Adolescencia galopante. En fin...  

martes, 10 de junio de 2014

Primavera inestable

Suena un tanto redundante porque la primavera es inestabilidad, si no por definición al menos por una suerte de pensamiento consuetudinario. Cualquier anomalía sufrida o perpetrada en estas fechas la achacamos sin reparos a la primavera, cajón de sastre para los desastres, como si no tuviera ya bastante responsabilidad sobre los desmanes de nuestros cuerpos viles. Astenia, alergias y sarpullidos brotan a capricho para cambiar el ritmo de unas vidas que se habían acomodado a las rutinas del invierno. Uno ya no moquea por un vulgar catarro sino por una reacción a la exuberancia estacional. Espléndido. Los cambios son buenos. Debe de ser por eso que la primavera los propicia: la naturaleza bulle, los días se alargan, la gente se altera… Sí, quizá sea éste uno de los síntomas más llamativos de la “primaveritis aguda”, la alteración del ánimo. Y este año estamos sufriendo un caso de especial agudeza, se diría.

En lo particular, diríase que esta estación canalla está cebándose con nosotros. No lo he investigado (confieso mi falta de rigor, pero es lo que tienen las improvisaciones) pero no me extrañaría que los negocios farmacéuticos y parafarmacéuticos hubieran levantado sus cifras de venta gracias a los antihistamínicos, los inhaladores, las pomadas, los compuestos vitamínicos, etc. No sé vosotros pero a ésta que suscribe, por mucha agua que beba, la congestión y el picor de ojos no se le quitan tan fácilmente. Y el desánimo que acompaña el madrugón de cada mañana, tampoco. Claro que este último es lógico. Asistir día tras día a este circo que nos acompaña es para desanimarse. ¿O no?

Parece que en lo general también andamos de primavera exacerbada. Calentita y discutida, como poco. Se empezó con más suavidad de la que podría haberse dado, habiendo una campaña electoral de por medio. Sin embargo, resultó descafeinada. Hubo intentos de animarla pero se quedaron en eso, en intentos, absurdos como riñas de colegio. Que si tú eres tonto, que si tú más, que si tú me perdiste el balón y yo te voy a romper el patinete… y simplezas por el estilo. No cabía esperar otra cosa, siendo como son nuestros políticos expertos en el juego del “y tú más” y teniendo en cuenta el carácter secundario que, por lo visto, se le da a unos comicios europeos. Como si Europa fuera un ente ajeno a nosotros, situado en una galaxia muy, muy lejana, y no tuviera influencia en el devenir cotidiano. Se nos olvida que el Imperio tiene armas poderosas; Darth Merkel no deja de respirarnos en el cogote.

Entonces nos sucedieron las elecciones. Apareció el balón y le dio al dueño un golpe en la cabeza, el patinete derrapó cuesta abajo hasta estrellarse contra una pared. Uy, qué dolor. Y la banda del patio se alborotó toda. Los enemigos comunes crean extrañas alianzas, así que se volvieron todos contra ese niño nuevo que se atrevía a correr por su esquinita del recreo, jugando a su manera. Y salieron los matones a relucir. Qué mezquinos son los malos perdedores pero aún peor resultan los malos ganadores, sobre todo cuando la ganancia es pobre. Porque, no nos engañemos, al final es lo que buscan: un botín (con minúsculas, adviértase, aunque con mayúsculas también sirve) gratificante. Y que ese mequetrefe que apenas tiene media bofetada se haya hecho hueco en el rincón duele, duele mucho.

Así andábamos todavía, a vueltas con la primavera post-electoral y los picores de tanto sarpullido, cuando eclosionó un nuevo huevo de Proserpina. Nos levantamos un lunes con toda nuestra congestión y, antes de habernos limpiado las legañas, otro arrebato público: el rey abdica, viva el rey. Así, sin anestesia ni nada. La principesca crisálida (no, igual que no hay miembras no hay crisálidos) se convertirá en breve en una mariposa monarca y expandirá sus alas sobre su reino… Un momento, un momento. Este aleteo revoluciona el polen y provoca reacciones sumamente alérgicas que se extienden por los cuatro puntos cardinales. Los corazones republicanos dan rienda suelta a sus deseos que, aún hoy, parecen tener algo de utópico. Ah, pero sin utopía, ¿qué sería de nuestros sueños, de esa búsqueda de un mundo ideal? Probablemente nos estancaríamos. Así que soñamos, buscamos, luchamos con palabras —aunque a veces surgen cafres, pues los hay en todas partes, que dejan las palabras a un lado para perder la razón con la sinrazón de sus manos—. Y seguimos esperando.

Mientras tanto, en los mentideros se murmura sobre el repentino movimiento y los próximos acontecimientos. Que si el descalabro de unos ha propiciado la huida hacia delante de los otros, que si la preparación de uno y la imagen de la otra, que si gustan o si no. Todo el país convertido en un programa de cotilleo en el que los moderadores se mantienen entre bambalinas, controlando la coreografía. En los camerinos, se organiza el acto principal con la debida discreción. ¿Cuánto costará todo ese atrezzo? ¿Seremos capaces de vitorear tanto dispendio en medio de tanto ajuste discriminado?  Mi memoria caprichosa me trae, una y otra vez, la escena de la coronación de Buttercup en “La princesa prometida” y me pregunto si habrá, en esta ocasión, alguna lúcida bruja que se atreva a gritar «¡buh, buh!».

Quienes sí gritan, todavía, son los justamente indignados por los agravios que siguen cometiendo esos dirigentes de boca grande, mente pequeña y dedo tieso. Esos que pisotean derechos y promueven las desigualdades. Esos mentecatos que utilizan el insulto a modo de argumento. Esos hipócritas que acusan a destajo sin reconocer sus propios fallos. Esos pusilánimes incapaces de confesar sus culpas. Esos déspotas que pisotean al débil para acallarlo. Esos malnacidos que están jugando con el hambre de los niños… Porque aquí no hay excusa. Los niños son sagrados. Y esa caterva de hombres y mujeres que han perdido honor y honra han llegado al extremo de utilizarlos. No les bastaba con las corruptelas, los engaños y  la cobardía. Ni les bastará, mientras sigan siendo los reyes del mambo. Esto es más que una primavera loca.

Ahora se nos olvidará o, al menos, se desdibujará porque llega, en esta recta final, el desequilibrio que siempre agarra por las vísceras: el fútbol. Negocio y espectáculo antes que deporte, esta primavera ha enloquecido del todo y nos ha dado un final de temporada de los que califican de trepidante, de partido del siglo o incluso del milenio. Y, por si fuera poco, ahora “El Mundial”. Un mundial sacudido por otros sarpullidos que también intentan ser soslayados antes que solucionados. Pero somos favoritos, mujer, por lo menos los vigentes campeones.  ¿Quiénes, si no, van a ser nuestros héroes? ¿Los científicos, los filósofos u otra especie sin relevancia?  Después de todo, el fútbol es el nuevo dios. La voz potente tras la que se esconde el sacerdocio monetario, el que realmente gobierna todo. Poderoso caballero. Cuando él estornuda, nosotros moqueamos.

Entre tanto agente alérgeno, no encuentro antihistamínico que nos deje respirar. Esta congestión nos va a durar. Y me temo que voy a necesitar muchos pañuelos para sobrellevar esta puñetera primavera. 


Abriendo brecha


Una entrada rápida para solventar un par de deudas pendientes que tengo por ahí perdidas y no quiero olvidar.

Varias de esas deudas son con autores noveles e independientes que, en los últimos tiempos, me han escrito enviándome la reseña o el enlace de sus novelas. No sé si (o cuándo) las leeré, porque no son el tipo de historia que más me atrae, pero os los presentaré por si pudieran resultar de vuestro interés.

El primero fue Luis Castillo, que me presentó su novela “La comisión Alba”, una historia de intriga y ciencia cuyo prólogo comienza así:

«TechnoLife, la empresa creada por Ángel Alba en Madrid hacía diez años, se había convertido en uno de los líderes mundiales de las nuevas tecnologías. Su secreto: ponerlas al servicio de las personas mayores con el objetivo de que las incorporasen en su vida cotidiana para mejorar todo lo posible su bienestar y calidad de vida. Su método: involucrar a los jóvenes en un proyecto intergeneracional con el objetivo declarado de que fueran los protagonistas en conseguir que los mayores adoptasen las nuevas tecnologías.»

Podéis leer más en su web http://luiscastillospain.wordpress.com/ y descargar la novela aquí.

lunes, 2 de junio de 2014

Notas de cata de mayo 2014

Ha habido un lapso, sí, un espacio de silencio y vacíos inexplicados. Esta primavera está siendo poco amable. Tras la búsqueda de cambio, de renovación, me di de bruces con un despliegue de desorden. No siempre la cabeza está en su sitio. Pero la he cogido por las orejas, como he podido, y aquí la tengo, intentando mantener el equilibrio. Mientras tanto, los libros han seguido pasando sin pausa por mis manos, botes salvavidas que nunca naufragan. Y aquí están mis impresiones.

EL CORAZÓN ES UN CAZADOR SOLITARIO. Carson McCullers.

Construida alrededor de pequeñas vidas cotidianas que patalean en medio de su vulgaridad, la historia conmueve a base de golpes menudos pero contundentes. Llana en apariencia pero con profundidades que duelen al alcanzarlas, como duele la realidad de la vida cuando no podemos hacer nada contra ella, nada que no sea soñar desesperadamente, aun sabiendo que son sueños sin esperanza. Personajes alienados aunque no tan diferentes que no reconozcamos sus debilidades, recogidos en pompas de jabón en tensión, a punto de estallar. Tempo lento, cayendo por la boca estrecha del embudo de los deseos que no llegan. Un bocado amargo, de los que persisten en el fondo del paladar, con un toque de limón y otro de pimienta. Y no te arrepientes.

* Carson McCullers está incluida en el Reto Escritoras Únicas, a propuesta de Meg de Cazando Estrellas. Compulsiva como soy, es mi tercera lectura de la autora. Será cuestión de probar otra diferente, digo yo…

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...