Leer es un vicio solitario que se puede compartir.

lunes, 24 de febrero de 2014

Melancólica lluvia en los canales

Fue una escapada romántica pasada por agua. En mayo, uno se la juega; pero allá fuimos. Y algo de romántico sí tenía la caída de la lluvia en los canales… durante un rato. Aun así, Amsterdam tiene encanto. Y parte de su encanto está en el arte que se respira entre puente y puente, en los rincones más sorprendentes. Visitamos, por ejemplo, la casa-museo de Rembrandt y de allí me traje estos dos puntos de lectura.



Sí, ya, la foto es muy mala… como todas las mías. La fotografía no se cuenta entre mis habilidades, pero supongo que os podéis hacer una idea, ¿verdad? Y estas pinturas llenas de talento me sirven para señalar dos páginas de las memorias de Jean Rhys, “Una sonrisa, por favor”; dos párrafos que me llamaron la atención:

«Antes de que aprendiese a leer, cuando era casi un bebé, imaginaba que Dios, esa cosa o esa persona tan extraña de la que me hablaban, era un libro.»

«De ahí que en cuanto me era posible me perdiese en el inmenso mundo de los libros y procurase borrar el mundo real, que tanto me desconcertaba. Ya entonces tenía la vaga pero profunda sensación de que siempre estaría perdida en el mundo, derrotada. Descubrí, sin embargo, que todos los libros hablaban de lo mismo, solo que de distintas maneras. En los libros era capaz de aceptarlo y de los libros (fatalmente) extraje poco a poco la mayoría de mis ideas y creencias.»

El primero me alcanzó como un fogonazo, me fascinó la imagen sugerida. El segundo… en fin, el segundo me hizo recordar un tiempo en el que me habría identificado casi demasiado con sus palabras.


Y a vosotros, ¿qué os parecen?

Los escritores hablan: Escribe siempre.



Escribir es persistir, palabra de Monterroso:

«Cuando tengas algo que decir, dilo; cuando no, también. Escribe siempre.»

lunes, 17 de febrero de 2014

Marcas, VII: Las flores del mal.

Durante años, odié la poesía. Y no me refiero a la desdeñosa indiferencia con que leía los obligados poemas escolares con el único fin de memorizarlos y recitarlos de viva voz o, más adelante, realizar un comentario de texto que me garantizara la buena nota. No. Se trataba de un odio visceral. De un rechazo violento. Igual que me ocurría con Dostoievski, con Kafka y con el existencialismo en general. Y todo ello se debía a una misma causa: la profesora de literatura que encontré en mi primer curso de bachillerato.
A los catorce años se puede ser muy pasional en los afectos y desafectos y el sentimiento de rebelión está en plena efervescencia. No hay como chocar con una prohibición terminante para desear romperla; por el contrario, la insistencia en encaminarnos por una dirección tiende a empujarnos a correr hacia la opuesta. Esto último fue lo que hice ante las exhortaciones reiteradas por parte de aquella profesora. Aterrada por las complejidades que parecían esconderse en los textos preconizados, me refugié en los héroes clásicos de Homero y Virgilio y la diversidad filosófica de Platón o Nietzsche, que me resultaban mucho más interesantes desde el punto de vista académico (obviamente también leía ficción, muchísima ficción, de hecho). Siempre me han dicho que cabezota es un calificativo que se me queda corto. Si algo me queda claro, de todas formas, es la incapacidad de la profesora de literatura para hacer llegar a los alumnos el entusiasmo necesario para ceder a la seducción de los libros que pretendía mostrar.
Necesité cuatro años para cambiar de opinión, al menos en uno de los aspectos (tengo que confesar que sigo sintiendo renuencia ante la narrativa existencialista). Y me tomó por sorpresa.
¿Dónde? En la Universidad. ¿Cuándo? En el siglo pasado, en la juventud rampante. ¿Cómo? Por la intervención de otra profesora, esta vez de francés. Sí, de francés. Después de casi diez años de amigable relación con el inglés, me vi forzada a romper la monogamia idiomática para enfrentarme a otra lengua con el objetivo (o la pretensión) de ser capaz de leer libros y artículos de referencia en ambas. Aquella profesora, con cierta originalidad didáctica, comenzó a entregarnos textos que nada tenían que ver con las materias a estudiar: poemas. En concreto, poemas de Baudelaire. Y con el primero, sufrí un ataque de amor feroz.
Lo recuerdo como si fuera hoy. “Recuillement”. Recogimiento. Incluso después de las dos décadas y pico transcurridas desde entonces, sigue siendo mi poema favorito, tanto por su decadente belleza como por la huella emocional que todavía siento grabada por debajo de la piel. «Sois sage, ô ma Doleur, et tiens-toi plus tranquille. / Tu reclamais le Soir; il descend; le voici: […]». Entonces, era combustible para el perpetuo incendio que suponía el final de la adolescencia, una adolescencia que tendía a lo sombrío. Lo traduje en medio de una exaltación desgarrada y lo releí una y otra vez. «Sé sabio, oh mi dolor, y mantente más tranquilo. / Reclamabas la noche; ya baja; aquí está.»
Paseos errabundos saboreando la solitud. La identidad construyéndose grano a grano, como una playa recóndita. Solía ir a ver las olas besar la arena mientras leía poemas franceses o intentaba esbozar algún relato melancólico. Bebía las palabras y luego las volvía a verter.
«Il me semble parfois que mon sang coule à flots, / Ainsi qu’une fontaine aux rhythmiques sanglots.»* Arrebatada, sentía que también mi sangre corría a oleadas igual que la fuente de rítmicos sollozos. Y seguía un poco más.
«Nous voulons, tant ce feu nous brûle le cerveau, / Plonger au fond du gouffre, Enfer ou Ciel, qu’importe? / Au fond de l’Inconnu pour trouver du nouveau!»**  Ardía el cerebro y ardía el corazón. ¿Cómo no ansiar sumergirse en el fondo de lo desconocido para encontrar lo nuevo? La vida era un viaje, un viaje incierto, y siempre quería saber qué habría más allá.
Pasé de Baudelaire a Verlaine y de este a Rimbaud; a partir de allí empecé a recorrer el reino de la poesía, pero Baudelaire fue mi primer amor, ese que nunca se olvida. Tras la primera edición que compré de “Las flores del mal”, barata y solo en castellano, el volumen bilingüe de Cátedra se convirtió en uno de mis tesoros, al que no me canso de volver.  
El tiempo pasa y el alma se asienta, pero la pasión permanece. También un ramalazo de oscuridad que la experiencia ha teñido de cinismo. Y la belleza me sigue impresionando, aun la decadente, imperfecta como la vida. Hay que amarla tal cual es.
Notas:
*La Font de Sang

**Le voyage.

martes, 11 de febrero de 2014

Recién llegados: regalos de una caprichosa

Lo reconozco, soy una caprichosa, por lo menos en lo que a los libros se refiere (algunos dirían que también en otras cosas, pero mejor eso lo soslayo). Sólo habían pasado veinte días desde el día de Reyes cuando me lancé sobre la siguiente presa… ¡pero es que era mi cumpleaños! ¿Cómo podía dejarlo pasar sin algún libro? Y, al final, fueron varios los que empezaron a llegar a mis estanterías para reunirse con los que todavía se amontonan allí.


Libros del Asteroide, 2014

Título original: Titmuss Regained  (1991)
Traducción: Magdalena Palmer

“Un paraíso inalcanzable” fue uno de los libros que más me hizo disfrutar el pasado año y, en cuanto supe que se trataba de una trilogía, mi yo lector se agazapó a la expectante hasta el momento en que lo vio aparecer en el mostrador de novedades. Se lanzó cual halcón sobre su presa. Puedo asegurar que casi bailaba de camino al metro y mantuve la sonrisa durante la hora larga que tardé en llegar a mi casa y no creo que tarde en hacerle hueco. Espero disfrutar tanto como con el anterior.

Acantilado, 2013

Título original: The Last September (1929)
Traducción: María Belmonte

Víctima, una vez más, de mi debilidad por la literatura anglosajona, fue leer la sinopsis de esta novela, ambientada en la guerra de la independencia irlandesa, y desear que acabara en mi estantería y pasara por mis manos. Como no acabó junto a mi zapato en la noche de Reyes, apenas pasaron tres semanas para tener la excusa de hacerme finalmente con él.  Fue un regalo muy bien agradecido.

Ático de los Libros, 2013

Título original: A Game of Hide and Seek (1951)
Traducción: Claudia Casanova

Pecadillo fruto del impulso, sabía de su publicación pero lo había dejado pasar, aturdida entre tanta novedad editorial apetecible. Hasta que volví a verlo en la librería, susurrándome que lo llevara conmigo. Después de todo, ya había tenido dos contactos con la autora que me habían dejado buen sabor de boca. Y aquí está también.

Edición de ¡Ábrete Libro!, 2013.


Como dije hace poco en algún blog amigo, hay que atreverse con los escritores noveles de vez en cuando, porque todos los escritores han sido noveles. Quién sabe qué podemos encontrar en sus libros. En este caso, se trata de una recopilación de relatos seleccionados en el concurso convocado por el foro literario ¡Ábrete Libro! en la pasada primavera. Diferentes y para todos los gustos. Para pasar un buen rato. 
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